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Comentario

Jorge Mena nos otorga una galería de personajes que proponen una mítica fascinación por el cuerpo. Es el discurso del cuerpo como objeto de seducción y deseo. Lugar de determinaciones y magias, de ensueños y fantasmáticas, donde el artista alianza su profunda pasión por el Eterno Femenino.

EROS

Seres que imponen su soberania bajo una cruda belleza de telúricas tensiones, Formas díafragmáticas que se abren y pliegan en elongaciones serpentinas, marcando un nuevo concepto de belleza ideal. Cuerpos en flujos ondulantes que despliegan un donaire inequívoco, figuras erógenas que evidencian la potencia fulgurante de la figura femenina.

Mena asigna un poder ígneo a cada una de sus esculturas: lineas ondulantes que pliegan sus curvas al vacio circundante, breves movimientos, fugas en sus extremos, estilizaciones sutiles, dan el aula a la escultura. Halos de secretas contundencias, parecen poseer estos cuerpos. Mujeres cetinas, que propulsan su prieto cuerpo macizo. Carnes fervientes, efervescentes, dan rienda suelta a la pulsión erótica, potencias de polivalentes anhelos que trastornan la mirada masculina.

Seres míticos envueltos en las maleables capas del deseo.

Cuerpos que conminan a la fascinación, la seducción como vía de capitulación ante la belleza y su placer, los cuerpos de Mena son deleites al ojo, Un esteticismo limite y avasallante los posee. El cuerpo como lugar de ensueños y fantasmas, de tenores y brillos, de iluminaciones y oscuridades, eje metafísico, lugar de lo eterno y de lo frágil, de lo imperecedero y de lo mítico. Es el cuerpo como alfabeto de la sensualidad; enciclopedia erógena que somete. El cuerpo ha sido, en el arte, nódulo de complejas expresiones. El cuerpo eros, como lugar de los excesos, de muertes y resurrecciones, de desciframientos.

En Mena es signo de fascinación amorosa, discurso a ultranza de entregas y placeres, compendio de ensueños, que procura la deleitación mística de los sentidos, En la serena escultura de la Grecia Clásica, en la «terribilita» de los esclavos de Miguel Angel, en el estéticismo sutil de Canova y de Thorwaldsen, se atestiguan las múltiples potencias delirantes del cuerpo erótico. Mena retoma el sentido trascendente que asignaron estos artistas al cuerpo: esteticismo sutil en los efluvios composicionales y en los movimientos «terribilita» en la devoradora sensualidad de las curvas, serenidad mística en las entregas y ofrendas.

El OJO QUE MIRA - LA SEDUCCIÓN

Escultura que mira y que se mira en la dialógica inmensidad del espejo, la psíquica de la escultura habita al espectador, en un juego de ojos cíclicos, El ojo del espectador que mira, es el escenario, el espejo que «hors du temps» se fascina, se entrega, en el interjuego de los signos. Pupila tutelar que devora las formas, ojo que es el ojo del Otro. Míticas redes laberínticas que ahogan al ojo y lo pierden, en un Eros disecado y perenne, desbandado en la pictografica fuerza de los volúmenes. Mirada extrema que desborda las curvas y se apropia de la imbatible fuerza de cada figura.

ARQUETIPOS Y MITOS: El ETERNO FEMENINO

 

Diosas de la Mitología son el imaginario que posee a estas esculturas: ateneas, minervas, heras, danzan en el vocabulario creativo del artista. Arquetipos de la mujer en sus diferentes facetas. Concebidas todas como matices de un núcleo femenino que se diversifica en cada diosa. el placer dionisíaco con Afrodita, la protección hogareña con Hera, la timidez y la prudencia de Minerva, la inteligencia apolínea con Atenea. Cada escultura cumple una expresión metafórica de la mujer.

 

Carmen y Josy, gesticulan cotidianas, afables y abiertas, en una coqueta postura, Samantha, en un columpio, posa plácida y seductora. Diaphne, arrodillada, lunar, extiende sus brazos al cielo, muestra una única gestualidad : la ofrenda mística, Manos juntas y estiradas con una piedra semipreciosa en ellas, un globo lumínico de grandes fulguraciones, que se ofrece a los altos genios de lo femenino. Ofrendas, en un diálogo místico con el Universo, Amatistas, cristales, turquesas, yacen en las manos de Lelis, Nancy e Iraima como diosas de la maternalidad pura. Una comunicación, trascendente y muda, que revela la sacralización en la figura femenina.

 

Panteón de mitos revividos; Dafne, Mirra, Alcmena, Fedra, Danae, Briseida, Helena, Laodamia, Clío, Ifigenia, heroínas, ninfas, nereidas, mortales doncellas, semidiosas, musas, subyacen en los lugares del imaginario artístico. Ana, en una [orzada postura toma el globo místico, De ella emana un «elan» contemplativo. Akita, sobre una esfera de bronce oscuro posa sus diminutos pies; con un gesto receptivo y volcado, realiza gestos

hilarantes y llamativos, una musa que desciende ante nuestros ojos. Adriana, en cuclillas, doblada, lanza su mirada desafiante, entre lo diurno y lo nocturnal, Yoima, proyecta su fuerza al Cosmos desde la combustión de sus manos. En todas se encuentra la fuerza misteriosa de las entrañas, el misterio de las tinieblas, lo incognoscible y lo materno. Son seres intrapsíquicos que proyectan la «askesis» del espíritu. Efigies ancestrales de identidades actuales, Arquetipos antiguos modelándose en el inconsciente colectivo. Genios del Eterno Femenino, reino de la madre, de la hija, de la hermana, de la amante, que emana de cada cuerpo, Jorge Mena instaura una alfabética universal del Eterno Femenino.

 

LA LATINOAMERICANIDAD

 

los griegos inventaron la seducción del cuerpo; una mujer de cánones proporcionales que dió a las Civilizaciones venideras una nueva conciencia, la Belleza ideal, cuerpo de proporciones numéricas y finas esbelteces que aún todavía es patrón cultural. Mena reinventa este concepto referenciándolo a la Belleza mestiza latinoamericana: rostro cetrino y aceitunado, combinación de rasgos del indio, del negro, del español, de dominante estilización, caderas gruesas, voluptuosas, contrastando con las delgadas extremidades; una aterciopelada pátina de híbridos verdosos, bronces acaramelados y negros, que acentúan la tez oscura, una mirada ensoñadora, emblemática de una serenidad final, Perlilándose en todo ello los típicos rasgos de la

mujer criolla. Se instituye aquí la idealización del Femenino de América latina.

 

El ARTISTA Y SU MODELO

 

Uno piensa al artista en la imaginación de su modelo; temblores de las formas, patinas huidizas y cambiantes, contrapuestos límites que definen la danza y el goce, Taumaturgia femenina que Mena integra en el torbellino efervescente de las masas. Es el interjuego tácito entre la mano del escultor y la materia bruta que obedece, es

el modelado entre el imaginario y el material que cede, produciéndose la mágica fusión entre la idea y su referente. Mena conjura la materialidad terrenal del barro para un alfabeto de divinidades femeninas, 3ronces modulantes que reflejan el amoroso tacto del artista,

 

Milagros Bello

Historiadora de Arte-Critica de Arte

Miembro de la AICA-PARIS

 

 

 

 

 

E-mail: jorgemena@chevere.com